Escondidos del sofocante calor seco del
verano de Madrid en el fresco del comedor pequeño del Club Mirasierra, seis
conmilitones de Areneros 1961 nos hemos reunido para celebrar nuestra comida
mensual.
Y, acaso porque el calor en el exterior era
espantoso, la temperatura interior deliciosa, la comida buena, éramos pocos y
estaba presente José Enrique, la conversación ha sido extensa y, casi casi
culta.
Por ello, y porque leer más allá de cuatro
párrafos es tarea imposible para no pocos de los conmilitones. y además, el custodio, ¡es
un perezoso!, en esta crónica solo ha recogido, de lo mucho hablado, lo que más
le ha sorprendido.
Para empezar, aunque fue al final de la
comida, José Enrique regaló a los presentes, ¡dedicados!, eso sí a cambio de la promesa de recibir
muchas y muy buenas críticas, su decimocuarto libro …Y el Cáncer me visitó.
Y claro, es imprescindible aludir a
ello, la luz de las obras de nuestro compañero sobre Elcano y el amor a la Patria, llevó a comentarios
sobre la carraca, la Santa María, y las dos carabelas, la Pinta y la Niña, que
llevaron a Colón a las Indias.
En este punto hubo una larga
disquisición sobre el mérito de los marinos de Castilla para navegar conociendo
solo latitudes y el mérito del relojero autodidacta, John Harrison, que hizo
posible medir la longitud en el mar.
Y el inmenso mérito de Castilla, los
castellanos y los españoles de todas las Españas al crear y mantener
trescientos años el Imperio. Y eso a pesar de que siempre, ¡siempre!, hemos tenido
temporadas, ¡largas!, con “sinvergüenzas y corruptos”, el escándalo de Potosí o
los traslados de la Corte del Duque de Lerma, y no es necesario citar más ejemplos, en los
gobiernos.
Y también hemos tenido muy buenos hombres, desde los Balbos
gaditanos que tanto apoyaron a Julio César, Hernán Cortés o los no pocos oidores
que hicieron posible, años y años, el imperio de la Ley.
También se habló de la Villa de los
Papiros la biblioteca más
completa de la antigüedad sepultada por la erupción del Vesubio en el año 79 d.
C; y de Plinio el Viejo, ¡que sabio tan admirable!
Y de más
cosas, muchas más, pero, por aquello del calor y el respeto a la intimidad de
los conmilitones presentes en la comida
de este segundo jueves, el custodio las deja en el olvido.

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